martes, 28 de mayo de 2013

Antártida



La ventana se abrió en plena tarde de siesta, y un soplo de aire fresco bailó con las cortinas sin que nadie le esperara, sin que nadie viera esa tímida pero risueña brisa como la respuesta tanto tiempo buscada.
Como esa ráfaga de viento, entraste en mi vida. Despacio, casi susurrando, colándote poco a poco en mis entrañas, sembrando con tu cálida y a la vez distante caricia sentimientos encontrados. Lentamente fuiste posándote en mi hasta que el temor de perderte despertó la conciencia adormilada de la pasión. Y ese fue el comienzo, o quizás fue el fin, o tal vez fuera lo mismo.




Entonces me perdí en tu perfecto paisaje helado. Pues no hay nada más insensato que intentar hacer una hoguera en un frío lecho de nieve en medio del desierto de la consciencia. Pues no hay nada más suicida que pretender que esa débil llama se devore a sí misma y que crezca alimentada por su propia esperanza. Pues no hay nada más ilógico que tratar de calentarse con el tenue calor que desprende ese fuego. Y sin embargo, pese a la absurdidad de la lucha de elementos tan antagónicos, el fuego crece y reconforta en un mar de hielo.
 
Cuanto más agudas son las aristas de los témpanos, más escurridiza y rebelde se vuelve la llama que lame, delicadamente pero con firmeza, la lisa superficie helada que se derrite gota a gota, despacio, tan suavemente como se formó, para después desaparecer susurrando, sin dolor, sin herir. Simplemente se consume igual que la llama, sin dejar huella, sin marcar, sin más presencia que el recuerdo de la silueta de una hoguera en la nieve, sin más rastro que las motas de polvo que arrastró aquella ráfaga de viento que entró por mi ventana.

jueves, 14 de febrero de 2013

Mineral


 
 

Cuando la mirada se vuelve indiferente y el paso al caminar se atenúa tanto que parece  detenerse, ya no queda ni un mísero refugio para el alma.

Es como si el frío se hubiera apoderado de uno de repente. Igual que un mineral, el corazón resulta tan plano, brillante y resbaladizo que la hermosura para la vista se convierte en desdeñosa para el tacto por inabarcable, por escurridiza.

A fuerza de tanto lijar te conviertes en un espejo casi perfecto, pero sin contenido manifiesto. La luz se refleja de manera mágica, disolviéndose en millares de puntitos destellantes que se proyectan en magníficos y atrayentes haces perpendiculares. Pero nada logra atravesar esa bella superficie, ni nada se filtra desde su misterioso interior.


 
Cual útero infértil las nuevas experiencias del día a día no consiguen arraigar, ni siquiera dejan una tímida huella de su paso fugaz, pues las paredes extremadamente suaves impiden cálidamente su apego.

Te has convertido en una amable máquina de repeler todo lo que se acerque a tu persona en un rechazo inconsciente pero tremendamente firme.

Las pupilas solo se sienten cómodas en la oscuridad. Se dilatan obscenamente al divisar una tímida luz al fondo. Al acercarse a ella, vuelven a contraerse de manera rápida y esquiva al mismo tiempo. Aristas, todo es percibido con dobleces y salientes puntiagudos.

¿Dónde queda aquella pasión desmedida e inconsciente? ¿Dónde se ha escondido esa sensibilidad extrema, llama inflamable de los más suicidas sentimientos, motores chillones de la existencia? ¿Cómo esa burbuja impenetrable ha logrado abrirse camino y rodear asfixiantemente a la auténtica emoción? Si nada es capaz de conmover, nada es el asesino más despiadado al que se le ha podido abrir la puerta.





 
 
 


jueves, 6 de diciembre de 2012



 
Como el olor a tierra húmeda, como el tacto de la hierba mojada por el rocío, frío pero agradable, suave pero firme, cotidiano pero distante. Así eres tú.

Como esos tallos tiernos aunque aparentemente recios, que se mueven en mil direcciones a la vez según cómo en ese instante quiera mecerlos el viento y así aparecen, sumidos en una danza caótica que crece en espiral, que les hace que se retuerzan sobre ellos mismos. Así eres tú. Atrapado en tu propia tonalidad, en Si bemol, sonando escala tras escala, acorde mayor tras acorde menor, para del reposo pasar a una tensión sin final.

Como los púrpuras pétalos de miles de amapolas sobresaliendo en un mar añil, alegres pero frágiles, llenos de pasión pero traicionados por su propia ternura. Así soy yo.

Como la hoja que se desprende de la rama y se posa suavemente en el lago, donde permanece flotando unos instantes, divertida, inconsciente, mecida por la brisa hasta que de pronto un remolino caprichoso solivianta su dulce deambular y la hunde a lo más produndo del fango. Así soy yo. Atrapada sin remedio en la contradicción, en la sensibilidad extrema, en la lucha entre la fuerza y la debilidad. Corriendo desbocada en una huída hacia delante de la que nadie la hace parar.

En esencia somos dos caminos que se cruzan para después discurrir paralelos hasta que la tierra vuelva a girar. Una tierra llena de espinas construídas por nosotros mismos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

No les ves, no les ves

Vivo atrapada en mi propia coraza,  en un armazón de espinas hecho con mis propias entrañas.  Día a día un único sentimiento se erige protagonista, es la desesperación por no encontrar la salida, la eterna indecisión que se agarra y que se apodera de mi conciencia mientras me vuelve ciega ante el mundo que me rodea. Telea me llamo, Telea sin remedio.

Como un rumor sin razón ni espíritu deambulo por una carretera sin fin,  y siento que la desesperación vuelve... que se apodera otra vez de mi consciencia.

El dulce elixir me envuelve, me seduce y es tan fácil de seguir... Parece toda una eternidad y el ahogo no se va jamás, no me abandona.
Cuando la tregua se establece en mi deambular, es un espejismo...ya me ha vuelto a engañar. No es más que la mentirosa comodidad que te transforma para sobrevivir para tan sólo hacer de ti una mísera hoja en medio de su selva. Estoy ahí, inmóvil cual estatua humana y no les veo, no les veo… pasan cual fantasma en la oscuridad
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sábado, 28 de julio de 2012








Todo descansaba en sus manos y todo se concentraba en unas pupilas desafinadas. El peso doloroso de un fracaso era ya un borroso reflejo en su rostro.
Sobre su pálida piel a la intemperie, se deslizaban las hojas hirientes del destino y siempre su mirada movida, destilaba, gota a gota, error tras error el mismo elixir contradictorio mientras permanecía inmóvil, impasible y sin pensar, nunca se permitiría pensar, jamás se lo perdonaría.
Sólo sabía que allá donde posara su mirada siempre tendría la eterna sensación de estar luchando contracorriente. Sobre su mente siempre se repetiría el mismo patrón: cúmulos de nubes formándose despacio para estallar finalmente en un sobresalto, como una tormenta de verano que sorprende de improviso en medio de una inmensa soledad.

miércoles, 4 de julio de 2012

El miedo




Me gusta simplemente ver pasar. Contemplar figuras que se diluyen entre la multitud, que se confunden con su propio ritmo vital en una simbiosis casi imperfecta, fantasmagórica.

Me gusta lo común, lo cotidiano. Me divierte imaginar que formo parte, por tan sólo un instante, de su goteo diario, de su camino cansado, de esa maravillosa rutina que sólo apreciamos, que sólo añoramos cuando desaparece.

Me gusta el sonido metálico de los objetos cuando los acaricia el viento. Ráfagas intermitentes cubren mi rostro, atraen hacia él mechones de pelo y mi mirada permanece velada, captando una realidad entrecortada, similar a los recuerdos lejanos, tamizada por el viento.

Hoja a hoja caen los pensamientos en un lento pero continúo discurrir. Pasan los minutos y se acumulan en el suelo donde un anciano ajado por el tiempo los sostiene y sonríe hacia mí, con aire distraído.

Un misterio le envuelve como la niebla en la carretera, mitad atracción mitad temor. Me tiende la mano desgastada por la vida. Un olor pegajoso se desprende de su piel. Me recuerda al de la moqueta sucia y húmeda que cubre un salón desvencijado por el paso de los días.

Me acurruco a su lado y me siento muy niña. Un sentimiento de ternura lleva mis labios hacia su piel. Un sabor a vino agrio y añejo se cuela en mis papilas, pero no me desagrada me recuerda a la vida.

Sus ojos vencidos se clavan en mí y a través de ellos percibo un mundo de mentiras mientras a penas le oigo decir "la paciencia es un arma de doble filo que tiene como compañero al miedo. Te apoyas en ella para enmascarar la debilidad, para evitar que el vértigo te precipite al vacío".

Sus palabras resuenan en mis oídos como un grito en una cueva. Y al ver una expresión de pánico en mis ojos dice suavemente " no es mía la reflexión, son tus pensamientos que los iba desprendiendo el viento y los ha arrastrado hacia aquí".





lunes, 21 de mayo de 2012

Bálsamo de lluvia


Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, dejemos que caiga de manera lenta pero constante, iluminada por los faros de un coche en la madrugada, silenciosa tras el parabrisas, pues queda muda al resbalar por el frío metal sin a penas desgastar la pintura, sin a penas rozar tus labios cuando asomas la cabeza por la ventanilla y sientes en la frente algo parecido al llanto que se desliza por las mejillas cuando brota sin llamarlo.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que lama pausadamente las heridas y borre las huellas horadadas por un fracaso que te mira desafiante y te hiere, pero que te acompaña húmedo y callado asemejándose a la brisa cuando te azota la cara al asomarte al acantilado.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que se fusione con la tierra para convertirse en barro en una unión perfecta, como la de los cuerpos de dos amantes que se devoran bajo el sol abrasador una tarde de verano. Barro oscuro como la noche, barro taciturno como la soledad, barro aceitoso como la semilla de una media verdad que lucha por sobresalir en un mar de cenizas que la sepultan cada día, que la atrincheran en el fondo azabache de la conciencia, que la revisten de mentiras aprendidas y repetidas sin descanso hasta que logran confundir su naturaleza, hasta que consiguen desvirtuar su encanto.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que se erija en fina cortina que oculte el camino exacto, ese que todos buscamos para no encontrar jamás, para desviarnos por mil y un afluentes de un río turbulento y macabro. Para sumergirnos en los sinsabores de las baldosas de cerámica que te muestran el umbral de la mansedumbre, de la cálida y amarga seguridad.

jueves, 12 de abril de 2012

Bendita frivolidad


No hay mejor antídoto para pensamientos y sentimientos peligrosamente intensos, que una buena dosis de frivolidad. Eso pensó la joven Helena después de enjuagarse las lágrimas en un desgastado pañuelo de papel, y no se equivocaba, no.

Acababa de sonar por enésima vez “Canto, el mismo dolor” de su querido Enrique Bunbury y se estaba mascando en el ambiente un cortocircuito de tanto dar al replay con esos finos, largos y pálidos dedos, ahora cubiertos de agua salada.
Además hacía un día precioso para desperdiciarlo quedándose encerrada en casa, languideciendo tumbada en la cama, aferrada a un cojín y escuchando tristes melodías sumida en una borrachera de compasión y brindis al sol.

Después de la tormenta, del portazo y de la promesa de no regresar jamás, se desató el animal herido, momentos antes encarcelado a causa del orgullo y las dañinas palabras. Pero esta vez, Helena no se abandonó a las bajas pasiones de la depresión. Por su mente inquieta desfilaban los destellos de otras, de muy distintas bajas pasiones, más oscuras, que la seducían con tan sólo imaginarlas.

No señor. Esta vez no lo iba a permitir, así que lo primero era crear un ambiente propicio.

Se levantó muy resuelta del sofá, casi de un respingo como si se le hubiera clavado un alfiler. Un gesto muy habitual, propio de su carácter nervioso e impulsivo que la llevaba del éxtasis al abandono en tan sólo unas décimas de segundo. Se dirigió hacia su vieja colección de discos y eligió un recopilatorio de éxitos de baile de los setenta. “Música de Disco”, aparecía en la portada del CD, en letras rosa fucsia, debajo de una gran bola plateada y destellante que podía pender del techo de cualquier discoteca sacada de una película de los inicios de John Travolta.

Realmente el disco no era suyo sino de su hermano mayor, pero en la mudanza siempre se traspapelan cosas. Será cosas de Meigas, pensaba mientras sonaba Ring My Bell de Anita Ward y sus pies se movían rápidos y alegres por el salón. “Last dance, last dance” surgía de la voz de una inolvidable Donna Summer mientras el ritmo se apoderaba irrefrenablemente de su cuerpo y no podía dejar de bailar, en una especie de danza frenética en la que le acompañaba un desgarbado peluche. Era una escena peculiar, entre infantil y grotesca pero cumplía a la perfección su objetivo desinhibidor.
Tras los primeros instantes de subidón que la habían sumido en un tribal trance, fue desplazándose rítmicamente sin dejar de bailar hasta la habitación. “...Love is in the air...everywhere I look around...”, es curioso, esa música siempre le había gustado más que la que ponían en la discoteca en los noventa, cuando era una quinceañera a la que le encantaba bailar... y algo conservaba de ella sí...

-Vamos a ver, Sergio, Yolanda, y los demás estarán dónde siempre, no creo que tenga que llamar si quiera... “I'm crazy like a fool. What about it Daddy Cool?” --coreaba junto a Boney M. -Eso sí, se van a quedar alucinados cuando me vean aparecer por la puerta del bar, siempre les digo que este fin de semana no puedo, que tengo lío en casa... excusas para no cambiar la rutina, para no dejar que nada interfiera ni perturbe la tan buscada estabilidad.

Pero hoy algo había cambiado.

Para abandonarse a la frivolidad, se encontraba en la ciudad perfecta. Además en estos tiempos estaba muy de moda salir un domingo a la una de la tarde como si fuera sábado noche. Maqueada y dispuesta a quemar el asfalto, todo un contraste con el sol del medio día, las familias paseando divertidas con los niños (casi todas sus amigas y amigos estaban en este bando) y los abuelos yendo a comprar el pan. Pero Madrid es así, una ciudad llena de contrastes.

Fue una tarde divertida. Llena de risas, bailes y charlas sin importancia o llenas de ella, según se mire. Pero al día siguiente había que madrugar y el ambiente empezó a decaer no mucho más tarde de que se pusiera el sol. Casi mejor así, se auto convenció la impaciente e insaciable Helena mientras se dirigía a una casa incierta, en la que no sabía si la recibiría alguien más a parte de su desgarbado y requete sobado monstruo de peluche.

Subió las escaleras deprisa, de dos en dos, no impulsada por el frío de la calle sino por la curiosidad mezclada con incertidumbre e ilusión. Abrió la puerta bruscamente. Todo estaba en calma, oscuro y frío. Mientras avanzaba por el pasillo fue encendiendo una a una las luces a la vez que algo se apagaba en ella, muy dentro, muy profundo.

Se dirigió hacia la ventana. Descorrió la cortina lentamente y se sobresaltó al mirar tras ella y verse reflejada en el cristal. El más absoluto y aterrador pánico se apoderó de Helena.

Del susto, tropezó con la cortina y se precipitó hacia atrás. De no ser por la cadena musical se hubiera dado un buen trompazo, pero su mano amortiguó el golpe a la vez que presionó el botón del play. “Fly, Robin Fly”... repetían sin cesar.... volar sí eso es... pensó Helena... y lo haría, volaría, partiría de esa ciudad... no cabía duda, ¡Bendita frivolidad!

martes, 27 de marzo de 2012

Nada

Despertó sobresaltada. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a una estancia oscura en la que tímidamente se abría paso un punto y tras él una estela blanquecina. Eran las tímidas luces del amanecer que a penas si despuntaban al fondo de la ciudad. Trató de tragar saliva pero entonces sintió como las paredes de su garganta luchaban en vano por despegarse. Salvo esa sequedad, dentro de ella sólo pudo sentir el vacío inmenso de la soledad que le mostraba un futuro que aparecía distorsionado en su visión, sin que al parpadear, la imagen apareciera nítida en su mirada.

Entonces, de repente y sin invitación, la mañana se alzó ante ella como una losa, hundiéndola en el húmedo colchón deformado por el peso muerto de un cuerpo que a penas se había movido en la noche, en la oscuridad. Había permanecido inmóvil con la tímida esperanza de que la nueva luz despejara la pesadilla para siempre.

No fue así, y recordó que un día tras otro, inevitablemente, amanecía empapada en sudor, percibiendo sobre su piel el olor dulce de sus miedos que se colaban como fantasmas en medio de las tinieblas. Casi siempre acompañaba al despertar un grito ahogado que formaba un nudo, aprisionando las cuerdas vocales. Unas membranas ajadas por el tiempo que trataban de recordar, en vano, la última vibración de carcajadas. Intentos fallidos, una simple muestra de un pasado siempre mejor.

El aborto de estas risas atormentaba unos pensamientos que caían en la locura del espacio curvo de una mente apesadumbrada, y las notas de aquella tonada martilleaban sin cesar, repitiendo la misma frase de una vieja canción “...mañana jamás se parece a ese mañana de ayer...”.

Decidió levantarse y encender el primer cigarrillo. Mientras la ceniza se desvanecía lentamente empezó a recordar las últimas horas de la madrugada. Ante ella se presentaron escenas llenas de desenfreno, cartuchos enmascarados para ahogar en sexo y sustancias prohibidas las decepciones del día. Los antros de perversión nocturna una vez más no sirvieron. Los amantes puntuales se transformaron en sucios reflejos de una búsqueda desesperada de complicidad.

Noche tras noche, cual suicida incandescente, permitía que la tortura continuase, se veía atrapada y arrastrada por una debilidad envuelta en vapores de alcohol. La noche anterior no había sido distinta. El recuerdo de la silueta de aquel hombre, uno más, apareció difuminada entre bocanadas de humo negro. El sabor a hiel regresó al paladar al recordar como el asco que sentía no consiguió detener las ásperas caricias, ni su lengua, esa asquerosa lámina carnosa que dejaba un rastro pringoso sobre su piel.

Un escalofrío le recordó aquellas cadenas que representaban unos fuertes músculos enrollados en sus piernas a las que llenaron de moratones mientras unas torpes manos arrancaron el encaje que cubría sus secretos, que en ese casi soez momento, se abrieron indefensos ante la mediocridad. Pero no lo detuvo. Dejó hacer, como si mereciera e incluso deseara el castigo. Cada envestida fue el latigazo que su alma pedía a gritos, la redención buscada en un inocente intento de redimir sus errores.

Ahora, en la mañana, al recordar cómo se deslizaba el elixir de su éxtasis por sus húmedos muslos una arcada le sobrevino repentina. Se sintió sucia, engañada por ella misma, perdida en la sinrazón de sus propias locuras, pero el reloj avanzaba hacia una nueva noche, otra más, que no distinta. No existía el fuego que purificase, no habría perdón tras la penitencia cumplida, nada saciaría el tormento. Nada. Vacío. Pérdida. Confusión. Pánico. Huída. Oscuridad. Nada.

martes, 20 de marzo de 2012

Nadando en la locura


^Jugando con los pensamientos la locura se pega y se adosa a tu piel, es mejor dejarlos quietos, que sigan presos en su urna de hiel. Si por fortuna, ya sea buena o mala, se escapan, se mezclan sin ton ni son, pueden llegar a corroerte como ratas, que escarban hasta hacerte enloquecer...^

Estas palabras resonaban una y otra vez en su cabeza y era tal su martilleo que llegó un momento en el que no era capaz de dejarlas mudas. Entonces, comenzó a caminar erráticamente a orillas del río. El lento caminar dejaba en la arena las huellas de unos débiles pasos que casi no tocaban el suelo y cuyo ritmo se acompasaba al de aquellas palabras juguetonas que  empezaron a salir de sus labios entrecerrados. 

Pero derepente su vista se detuvo en el reflejo del agua. Las imágenes borrosas comenzaron a danzar ante sus ojos, y mientras, las ganas empezaron a ahogarse en un lago profundo, tan profundo y oscuro que no consiguían llegar al fondo. Cuando intentaban reflotar y subir a la superficie algo las volvía a arrastrar al pozo de la desesperación. Entonces su gesto cambió. Sus ojos pestañeaban inquietos y unas palabras sustituían atropelladamente a las anteriores.

^Y no aprendes, no aprendes, siempre te equivocas. Y te levantas, te yergues y sonríes a la muerte, pero la ilusión solo dura un precioso instante, un destello que te atraviesa, un rayo que te sumerge de nuevo en el oscuro abismo de forma delirante, lleno de imperfecciones, reflejo de uno mismo.No enmascares por más tiempo la implacable realidad, no te empeñes, tú lo sabes, todo empieza y acaba con el mismo huracán, es la misma tormenta que te despedazará^

Deshizo el camino a casa sin reparar en el tiempo trancurrido. Posó su mirada en la ventana traslúcida de la estancia más sombría de la casa y su pensamiento volvió a cobrar vida propia.

^Todo permanece en calma ahí fuera, desquiciadamente en calma, perturbadoramente estático. Los minutos se suceden pero todo permanece inalterable, odiosamente se perpetúa el status quo, todo sigue igual, igual, igual..., esta palabra reverbera y choca una y otra vez contra las paredes del cerebro. Si por lo menos estallara, algo cambiaría, pero no, no hay movimiento por lo que el tiempo externo se detiene mientras que el interno corre contra uno mismo.
Cierro los ojos, los abro de nuevo y nada ha cambiado. Lo vuelvo a repetir y así transcurren los momentos, se escurren entre mis dedos como fina arena de playa artificial, artificial como lo que me rodea y en lo que me voy convirtiendo. Me paro a pensar en lo que estoy haciendo y me siento estúpida. Todo se vuelve nublado, no sólo la vista permanece velada, también el entendimiento, ¿y quién necesita pensar?... yo necesito pensar y es el pensar el que me lleva de la mano hacia la locura.^