martes, 31 de diciembre de 2013

Muerte por incertidumbre


Tan inverosímil como tener el mar en la cuenca de las manos, tan frío como unas pupilas llenas de sarcasmo, tan insultante como una media sonrisa condescendiente, así fue el último adiós.

Azul, violeta, púrpura... colores que se mezclan en el camino del abandono del día. Bruma que cubre el horizonte en el que se recortan las siluetas de un amor perdido, marchitado, del que ya a penas queda un desdibujado reflejo sobre la superficie amarga de la decepción.

El reloj de arena rompió su dulce y lenta cadencia. Simplemente se perdió. La confusión cometió el más cruel de los asesinatos. Diagnóstico: muerte por incertidumbre.

Se rompió el ciclo, los números impares perdieron la partida. Los pares se enfrentan a la dura tarea de construir el sueño del olvido.


domingo, 7 de julio de 2013

Control


Él era control, puro control. Seguía un camino acotado por sus propios límites. Eso sí, eran barreras muy estudiadas y acordes con lo que consideraba que era conveniente para él.
Siempre caminaba con paso firme, decidido. Avanzaba por un sendero flanqueado por unos cauces construidos desde su propia determinación. Era frío, pero no carente de sentimientos. Sentía, claro que sí, pero sólo se permitía sentir dentro de un desahogo controlado. Además lo hacía cada vez más a menudo. Pero esa pasión desatada que en ocasiones mostraba, tan sólo fluía en un ámbito definido por él mismo como: frivolidad necesaria. Únicamente se permitía sentir sin pensar, en un ambiente propicio para ello, según su propia lógica.
Era ese universo loco, bohemio, en el que todos los que participaban se alimentaban de la misma catarsis. Ahí no desentonaba dar rienda suelta a sus instintos, eso le gustaba, y lo hacía. No se sentía incómodo, pues el mostrar los más oscuros sentimientos estaba en cierta manera controlado y permitido por el ambiente. Aún así, siempre lo hacía con el freno puesto. Aunque fuera lentamente, con suavidad, él nunca levantaba el pie de la consciencia, nunca se separaba del todo de su origen racional. Ni siquiera en instantes de frenesí.
Sin embargo, él era sensible, a veces incluso mínimamente empático con aquellos con los que se topaba. Pero esa empatía tan sólo duraba un instante. Casi inconscientemente una mirada crítica, con afán de análisis envolvía sus ojos castaños. No podía evitarlo. Él era así. Sistemático, analítico, racional hasta el extremo. No paraba de calcular cada movimiento, de prever cada consecuencia.
Hasta dentro de su propia válvula de escape, todo estaba sometido a un esquema predeterminado. Había escogido como fuente de descontrol el canal más predefinido de todos, dónde hasta la más mínima improvisación seguía un parámetro. Algo difuso, eso sí, muy nebuloso, pero un parámetro al fin y al cabo. Se le podría definir como un hombre románticamente pragmático, que hace gala de un auténtico estoicismo romano.
Pero un día este hombre cruzó un límite que le llevaría a vivir una experiencia que escaparía a su control. Algo tan tonto como pasarse una estación de metro le colocaría en un escenario desconocido, localizado fuera, muy lejos de su itinerario.
 Acaba de poner punto y final a una noche llena de ese frenesí controlado, plagado de esa frivolidad necesaria, y volvía a casa en el último tren de madrugada. Estaba cansado, agotado físicamente hasta tal extremo que se quedó dormido en el vagón. Sólo fue un instante pero el suficiente para que cuando abriera los ojos descubriera que se tenía que haber bajado varias estaciones atrás.
Le dio tanta rabia haber perdido el control de su itinerario, que sin ni siquiera pensar dónde estaba se bajo en la siguiente parada, con la intención de cambiar de andén y volver sobre sus pasos. Sin embargo no cayó en la cuenta de que había cogido el último metro y de que ya no pasaban más trenes en ninguna dirección.
Pero lo peor de todo, es que se había entretenido tanto en el andén reprochándose así mismo el fallo de quedarse dormido, lanzando puños al aire y mascullando improperios, que las puertas del metro se habían cerrado por esa noche. Estaba atrapado.
Fue tal la rabia que sintió por tener que enfrentarse a un imprevisto que hizo algo impensable en él. Saltó furioso a las vías de la estación con la mirada nublada por la ira y se puso a caminar por entre los raíles para intentar llegar a otra estación cercana en la que quizás las puertas no estuvieran aún cerradas.
Hacía frío, pero era tal la rabia que desprendía que no sentía más que un calor pegajoso adherido a su piel donde un ejército de diminutas hormigas se paseaban por sus extremidades, donde la sangre no paraba de bullir. Estaba tan ciego que no se percató de que la vía se bifurcaba en dos caminos.
 Él siguió recto, sin mirar al frente, si lo hubiese hecho quizás hubiera dado media vuelta, pues a cada paso que daba la oscuridad se hacía más y más espesa, y la débil luz que anteriormente se adivinaba a lo lejos se había quedado atrás, en la otra dirección que le ofrecía la bifurcación del camino.
Cuando se percató de que estaba adentrándose en un terreno peligroso, fue demasiado tarde para regresar. De repente no veía nada. Giró presa del pánico y terminó de desorientarse por completo. Sus pupilas nerviosas trataban de abrirse más y más, pero no lograban captar ni una débil luz a su alrededor. Se acercó a la pared que tenía a su derecha y torpemente empezó a palpar su rugosa y polvorienta textura, buscando una pista para encontrar un camino de regreso. 
Al cabo de unos minutos de frenética actividad que le propició incontables rasguños y arañazos en manos y brazos, encontró un hueco en la pared. Parecía una puerta escavada a media altura. La cruzó no sin que un regusto amargo y espeso le subiera por la garganta y se asentara en el paladar. Síntoma de un pánico extremo que no tardó en confirmar los peores augurios. En un instante sintió un fuerte golpe seco en la cabeza y esta vez la oscuridad que le embargó dio paso a la tranquilidad del sueño.
 Una molesta cascada sonora plagada de carcajadas entrecortadas, ruidos de cristales y salpicada por un martilleo machacón, fue la causante de que débilmente y no sin resistencia, nuestro protagonista despertara del sueño inducido horas antes por causas nada agradables.
Nada más volver a la consciencia sintió una molesta presión en las muñecas que se convirtió en una punzada de dolor cuando trató de moverlas. Estaba atado con un sucio cordel, despeluchado en ásperos hilos amarillentos que hacían que la piel le escociera como si hubiese estado horas y horas a la intemperie, bajo un sol abrasador.
Se encontraba sentado y apoyado en una pared de la que goteaba sin parar una tubería oxidada que tuvo que esquivar al levantar la mirada para no darse con ella en la cabeza. Cuando miró al frente, el regusto amargo volvió a su boca.
Sentados en cajones de fruta de madera, alrededor de un tablón lleno de aristas, a guisa de mesa improvisada, se reunía una espeluznante pandilla. Cinco hombrecillos con aspecto de mugrientos mafiosos daban voces y puñetazos en la original mesa mientras participaban de un animado y desordenado juego de cartas. Parecía que no llevaban un turno establecido, pues los naipes se cruzaban entre sí en el aire lanzados por varios de estos taimados tahúres mientras se pasaban unos a otros una botella de licor. 
De repente uno de ellos, al parecer cansado de tan caótico juego, se levantó bruscamente y su mirada fue a topar con la de nuestro hasta entonces, controlado hombre.
- Vaya, vaya, si la bella durmiente se ha despertado al fin.
 Tenía una voz ronca y profunda, segura de sí misma, como la manera de andar con la que con a penas tres pasos se plantó en frente de nuestro protagonista.
El hombre control no fue capaz de despegar los labios.
 -¿No dices nada eh? Pues tenemos un problemilla… ¿qué vamos a hacer contigo?... sin dinero, sin nada de valor en los bolsillos, ni siquiera eres atractivo para que nuestro querido “Amapola” se divierta contigo, ja,ja – comenzó a reírse mientras se giraba y hacía aspavientos de complicidad a sus compinches que no tardaron en acompasar sus desagradables risas a las de su compañero.- No nos queda más remedio que deshacernos de ti, quizás así nos divirtamos un poco, ja,ja
Acto y seguido, el hombrecillo que se había dirigido a él se acercó con una sucia navaja entre los dedos dispuesto a utilizar a nuestro hombre de lienzo.
El hombre control no podía reaccionar. El miedo paralizó todos y cada uno de sus movimientos. Por primera vez en su vida, los acontecimientos le superaban, no sabía que podía hacer, qué podía decir. El control que hasta ahora había dominado todos y cada uno de sus pasos se había desvanecido, hasta que al girar la cabeza levemente hacia sus pies, vio un viejo y mugriento violín medio escondido por una sucia manta gris, arrinconado contra la pared.  
 -Un momento, esperad… -consiguió balbucear.- Quizás si que hay algo que pueda hacer por vosotros. Aquí estáis muy aburridos, y yo soy músico, y veo que tenéis un instrumento ahí debajo, quizá pueda alegraros un poco.
 El hombrecillo retiró la navaja de la cara de nuestro hombre, y mitad curioso, mitad divertido, sacó de entre los escombros al maltrecho violín. Tenía las cuatro cuerdas rotas y el abombado cuerpo de la caja de madera estaba tan desdibujado y lleno de grietas que a penas si era una sombra del estilizado instrumento con forma de reloj de arena que debió de ser antaño. Sin embargo, ante los estupefactos ojos de nuestro protagonista, cuando el hombrecillo lo cogió entre sus manos las cuerdas se tensaron y la humedad de la madera desapareció curvándose hacia dentro y recuperando la hermosa forma oval que lo caracteriza.
El hombre control no sabía qué brillo destacaba más en aquella sombría estancia, si el de un barniz asombrosamente recuperado sobre la superficie del violín o el de los ojos grises de aquel hombre que le tendía el instrumento mientras le lanzaba un desafío que le resultó tan extraño como imprevisiblemente familiar:
 -Interesante propuesta muchacho. Tocar para nosotros… ummm… nada descartable… pero aquí todo tiene unas condiciones y todo responde a un por qué y a un desafío. Te propongo un trato- Sentenció firmemente mientras asió por los hombros a nuestro protagonista.- Todo músico que se preste, al fin y al cabo, no es más que un narrador de historias, y me parece que tu libertad va a depender de la verosimilitud de lo que nos cuentes a través de este pequeño tesoro.
 Acto y seguido, y casi sin tiempo para reaccionar, dos de los peculiares compañeros de juego se levantaron y cortaron las cuerdas que ataban las manos de nuestro protagonista y con una fuerza asombrosa le pusieron de pie casi de un solo movimiento. Éste, liberado ya de las molestas y nudosas cadenas cogió delicadamente el violín entre sus manos, y rápidamente comenzó a afinarlo.  
Los hombrecillos hicieron un círculo en torno a él mientras contemplaban el meticuloso ritual. El hombre control hizo descansar confortablemente el violín sobre sus hombros. Puso la mano izquierda bajo la unión entre el cuello y el cuerpo del delicado instrumento que se mostraba ante la vista liviano, presa de un suave balanceo, y con los ojos entrecerrados se dispuso a golpear suave pero firmemente las cuerdas mientras giraba la clavija con la otra mano. Los tonos se iban acompasando en una estructura lógica en torno a las notas la, mi, re y por último sol.
 Cuando nuestro hombre se sintió satisfecho de su preparación, flexionó ligeramente las piernas y tras un leve respingo comenzó a tocar una alegre melodía celta que invitaba a danzar a aquellos extraños espectadores que le habían rodeado expectantes. Era una canción llena de contrastes, rebosante de una métrica muy compleja que se desarrollaba como una melodía circular que parecía no tener un fin aparente, cediendo sin pausa al siguiente verso o repetición.
 Cuando terminó la melodía, el cabecilla del grupo, volvió a dirigirse a nuestro hombre:
-Interesante historia. Aparentemente despreocupada y con la intención de relajar el ambiente, pero escondiendo una terrible frustración y miedo ante lo desconocido, sobre todo si no lo puedes controlar, si no lo puedes prever. –Sus palabras cayeron como una losa, sentenciando, describiendo a la perfección el sentido con el que el hombre control había interpretado la alegre tonada. Sus ojos grises ni siquiera parpadearon y continuó hablando despacio.
 - Eres extremadamente cuidadoso al tocar, matemáticamente correcto, pulcro, pero escondes demasiado y eso hace que al final la melodía sea previsible, por la atadura a la que la sometes. Así nunca serás un verdadero narrador, pues temes dar rienda suelta a tus verdaderos pensamientos, temes desnudarte.
 Aquí hizo una pequeña pausa que aprovechó para escrutar el semblante de nuestro protagonista. Estaba serio, pero aparentemente no temeroso. Sin embargo una casi imperceptible tela nebulosa hacía temblar su iris y esto delataba que había una mayor humedad en sus ojos, más de la corriente.
- Pues bien como te decía antes, el trato es el siguiente.- continuó hablando el cabecilla mientras jugaba con la navaja entre sus dedos- Tienes la oportunidad de quedar libre si eres capaz de relatar con veracidad una historia. La que tú quieras, pero tienes que llegar a transmitir su sentido con tal claridad que los aquí presentes logremos sentir en una misma dirección. Eso sí, tienes que hacerlo con honestidad.
Estas últimas palabras las pronunció de manera más sinuosa, arrastrando cada sílaba mientras acercaba la navaja al rostro de nuestro protagonista.
- Y como aliciente mi afilada compañera podrá verse tentada a bailar sobre tu rostro con mayor o menor cuidado- y posó el filo cortante de la navaja justo debajo de la cuenca de esos ojos castaños tan profundos y tan opacos como el sentido de su alma.
El hombre control respiró hondo, lanzó una trémula mirada al techo y cogió con delicadeza el arco del violín. En un segundo pudo recordar el por qué había decidido aprender a tocar un instrumento tan temperamental, tan sensible a la presteza de quien lo toca y tan sumamente sensitivo que es fácil caer fuera de tono y sacar de él notas apagadas, pero que sin embargo si se toca bien, desprende las más dramáticas y bellas melodías jamás escuchadas, pura emoción.
Aprender a tocar este instrumento tan complicado fue para él un reto, uno más de todos los que se había fijado desde que era pequeño, y uno más que logró, pues siempre había conseguido alcanzar todas sus metas, realizar todo aquello que se había propuesto y tocar el violín no era algo que pudiera escapársele de las manos.
De hecho siempre se le había dado bien, pero a medida que pasaron los años y su carácter se fue forjando e inclinando hacia la racionalidad y el orgullo, pasó de ser un verdadero músico con mayúsculas que transmitía emoción en cada compás, a convertirse simplemente en un virtuoso que interpretaba a la perfección cualquier partitura.
Hasta en los momentos de pura improvisación, ésta se mostraba contenida, sujeta por el estribo de su conciencia, frenada para no dejar que se adivinara ni un resto de debilidad. Tenía verdadero pánico a mostrarse tal y como era, a verse desarmado desde su interior. Por eso resultaba alegre pero frío tocando. Técnicamente perfecto y humanamente desacompasado.
Y ahora, en ese preciso instante, su vida dependía de un nuevo reto. Pero era el más difícil de todos, pues consistía en desarmarse a sí mismo. Se trataba nada más y nada menos que de quitarse en un instante una coraza fuerte y dura, llena de capas con aristas entrelazadas forjada a lo largo de años de lucha constante entre lo conveniente y lo deseado, entre la racionalidad y la pasión.
 El hombre control, por fin hizo descender su mirada del techo y comenzó a tocar. Las notas surgían impolutas de su violín, resultaban firmes y serenas pero carentes de emoción. A cada compás enconsertado le seguía un arañazo sobre su piel de la oxidada navaja, que  sin piedad ejecutaba la danza advertida minutos antes.
 Al final de cada parte de una serenata en si bemol menor de Tchaikovsky que había escogido como reflejo de sí mismo, composición tranquila, segura y firmemente melancólica, la navaja se clavaba levemente en su rostro dejando surgir finos hilos color púrpura que se mezclaban con las lágrimas saladas de la impotencia. Escozor, tan sólo sentía un punzante escozor que no provenía precisamente de su rostro dolorido.
Sin embargo estaba siendo honesto con su interpretación, él era así y así lo estaba contando. Se describía a sí mismo como alguien complicadamente superficial sin ánimo ni tesón para cambiar el rumbo concienzudamente escogido, y esto lo sabía el hombre de la mirada gris, por eso dejó de presionarle el rostro. No tenía remedio y tampoco tenía por qué tenerlo.
Esta experiencia no le iba a servir para cambiar, no le iba a hacer mejor persona, no iba a crecer en ningún sentido, tan sólo serviría para que se conociese mejor así mismo.
 Tras media hora de pasión controlada, de un goteo constante de piezas de un puzzle proyectado hacia el exterior que le dejó exhausto, el hombre control se desplomó. Cuando despertó estaba en el frío andén donde 24 horas antes había cogido el último metro. Instintivamente se llevó las manos al rostro, y percibió las poco profundas señales de los surcos horadados por la navaja. No había sido un sueño, ni una pesadilla. Fue real. Y prueba de ello era también ese violín que se encontraba a sus pies, testigo de primera mano del fracaso de una batalla de antemano perdida, pues los cambios no se producen si no hay voluntad de llevarlos a cabo. Y el peso de la rutina, de la acomodada consciencia suele ser tozudo, como la vida misma.  


martes, 28 de mayo de 2013

Antártida



La ventana se abrió en plena tarde de siesta, y un soplo de aire fresco bailó con las cortinas sin que nadie le esperara, sin que nadie viera esa tímida pero risueña brisa como la respuesta tanto tiempo buscada.
Como esa ráfaga de viento, entraste en mi vida. Despacio, casi susurrando, colándote poco a poco en mis entrañas, sembrando con tu cálida y a la vez distante caricia sentimientos encontrados. Lentamente fuiste posándote en mi hasta que el temor de perderte despertó la conciencia adormilada de la pasión. Y ese fue el comienzo, o quizás fue el fin, o tal vez fuera lo mismo.




Entonces me perdí en tu perfecto paisaje helado. Pues no hay nada más insensato que intentar hacer una hoguera en un frío lecho de nieve en medio del desierto de la consciencia. Pues no hay nada más suicida que pretender que esa débil llama se devore a sí misma y que crezca alimentada por su propia esperanza. Pues no hay nada más ilógico que tratar de calentarse con el tenue calor que desprende ese fuego. Y sin embargo, pese a la absurdidad de la lucha de elementos tan antagónicos, el fuego crece y reconforta en un mar de hielo.
 
Cuanto más agudas son las aristas de los témpanos, más escurridiza y rebelde se vuelve la llama que lame, delicadamente pero con firmeza, la lisa superficie helada que se derrite gota a gota, despacio, tan suavemente como se formó, para después desaparecer susurrando, sin dolor, sin herir. Simplemente se consume igual que la llama, sin dejar huella, sin marcar, sin más presencia que el recuerdo de la silueta de una hoguera en la nieve, sin más rastro que las motas de polvo que arrastró aquella ráfaga de viento que entró por mi ventana.

jueves, 14 de febrero de 2013

Mineral


 
 

Cuando la mirada se vuelve indiferente y el paso al caminar se atenúa tanto que parece  detenerse, ya no queda ni un mísero refugio para el alma.

Es como si el frío se hubiera apoderado de uno de repente. Igual que un mineral, el corazón resulta tan plano, brillante y resbaladizo que la hermosura para la vista se convierte en desdeñosa para el tacto por inabarcable, por escurridiza.

A fuerza de tanto lijar te conviertes en un espejo casi perfecto, pero sin contenido manifiesto. La luz se refleja de manera mágica, disolviéndose en millares de puntitos destellantes que se proyectan en magníficos y atrayentes haces perpendiculares. Pero nada logra atravesar esa bella superficie, ni nada se filtra desde su misterioso interior.


 
Cual útero infértil las nuevas experiencias del día a día no consiguen arraigar, ni siquiera dejan una tímida huella de su paso fugaz, pues las paredes extremadamente suaves impiden cálidamente su apego.

Te has convertido en una amable máquina de repeler todo lo que se acerque a tu persona en un rechazo inconsciente pero tremendamente firme.

Las pupilas solo se sienten cómodas en la oscuridad. Se dilatan obscenamente al divisar una tímida luz al fondo. Al acercarse a ella, vuelven a contraerse de manera rápida y esquiva al mismo tiempo. Aristas, todo es percibido con dobleces y salientes puntiagudos.

¿Dónde queda aquella pasión desmedida e inconsciente? ¿Dónde se ha escondido esa sensibilidad extrema, llama inflamable de los más suicidas sentimientos, motores chillones de la existencia? ¿Cómo esa burbuja impenetrable ha logrado abrirse camino y rodear asfixiantemente a la auténtica emoción? Si nada es capaz de conmover, nada es el asesino más despiadado al que se le ha podido abrir la puerta.





 
 
 


jueves, 6 de diciembre de 2012



 
Como el olor a tierra húmeda, como el tacto de la hierba mojada por el rocío, frío pero agradable, suave pero firme, cotidiano pero distante. Así eres tú.

Como esos tallos tiernos aunque aparentemente recios, que se mueven en mil direcciones a la vez según cómo en ese instante quiera mecerlos el viento y así aparecen, sumidos en una danza caótica que crece en espiral, que les hace que se retuerzan sobre ellos mismos. Así eres tú. Atrapado en tu propia tonalidad, en Si bemol, sonando escala tras escala, acorde mayor tras acorde menor, para del reposo pasar a una tensión sin final.

Como los púrpuras pétalos de miles de amapolas sobresaliendo en un mar añil, alegres pero frágiles, llenos de pasión pero traicionados por su propia ternura. Así soy yo.

Como la hoja que se desprende de la rama y se posa suavemente en el lago, donde permanece flotando unos instantes, divertida, inconsciente, mecida por la brisa hasta que de pronto un remolino caprichoso solivianta su dulce deambular y la hunde a lo más produndo del fango. Así soy yo. Atrapada sin remedio en la contradicción, en la sensibilidad extrema, en la lucha entre la fuerza y la debilidad. Corriendo desbocada en una huída hacia delante de la que nadie la hace parar.

En esencia somos dos caminos que se cruzan para después discurrir paralelos hasta que la tierra vuelva a girar. Una tierra llena de espinas construídas por nosotros mismos.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

No les ves, no les ves

Vivo atrapada en mi propia coraza,  en un armazón de espinas hecho con mis propias entrañas.  Día a día un único sentimiento se erige protagonista, es la desesperación por no encontrar la salida, la eterna indecisión que se agarra y que se apodera de mi conciencia mientras me vuelve ciega ante el mundo que me rodea. Telea me llamo, Telea sin remedio.

Como un rumor sin razón ni espíritu deambulo por una carretera sin fin,  y siento que la desesperación vuelve... que se apodera otra vez de mi consciencia.

El dulce elixir me envuelve, me seduce y es tan fácil de seguir... Parece toda una eternidad y el ahogo no se va jamás, no me abandona.
Cuando la tregua se establece en mi deambular, es un espejismo...ya me ha vuelto a engañar. No es más que la mentirosa comodidad que te transforma para sobrevivir para tan sólo hacer de ti una mísera hoja en medio de su selva. Estoy ahí, inmóvil cual estatua humana y no les veo, no les veo… pasan cual fantasma en la oscuridad
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sábado, 28 de julio de 2012








Todo descansaba en sus manos y todo se concentraba en unas pupilas desafinadas. El peso doloroso de un fracaso era ya un borroso reflejo en su rostro.
Sobre su pálida piel a la intemperie, se deslizaban las hojas hirientes del destino y siempre su mirada movida, destilaba, gota a gota, error tras error el mismo elixir contradictorio mientras permanecía inmóvil, impasible y sin pensar, nunca se permitiría pensar, jamás se lo perdonaría.
Sólo sabía que allá donde posara su mirada siempre tendría la eterna sensación de estar luchando contracorriente. Sobre su mente siempre se repetiría el mismo patrón: cúmulos de nubes formándose despacio para estallar finalmente en un sobresalto, como una tormenta de verano que sorprende de improviso en medio de una inmensa soledad.

miércoles, 4 de julio de 2012

El miedo




Me gusta simplemente ver pasar. Contemplar figuras que se diluyen entre la multitud, que se confunden con su propio ritmo vital en una simbiosis casi imperfecta, fantasmagórica.

Me gusta lo común, lo cotidiano. Me divierte imaginar que formo parte, por tan sólo un instante, de su goteo diario, de su camino cansado, de esa maravillosa rutina que sólo apreciamos, que sólo añoramos cuando desaparece.

Me gusta el sonido metálico de los objetos cuando los acaricia el viento. Ráfagas intermitentes cubren mi rostro, atraen hacia él mechones de pelo y mi mirada permanece velada, captando una realidad entrecortada, similar a los recuerdos lejanos, tamizada por el viento.

Hoja a hoja caen los pensamientos en un lento pero continúo discurrir. Pasan los minutos y se acumulan en el suelo donde un anciano ajado por el tiempo los sostiene y sonríe hacia mí, con aire distraído.

Un misterio le envuelve como la niebla en la carretera, mitad atracción mitad temor. Me tiende la mano desgastada por la vida. Un olor pegajoso se desprende de su piel. Me recuerda al de la moqueta sucia y húmeda que cubre un salón desvencijado por el paso de los días.

Me acurruco a su lado y me siento muy niña. Un sentimiento de ternura lleva mis labios hacia su piel. Un sabor a vino agrio y añejo se cuela en mis papilas, pero no me desagrada me recuerda a la vida.

Sus ojos vencidos se clavan en mí y a través de ellos percibo un mundo de mentiras mientras a penas le oigo decir "la paciencia es un arma de doble filo que tiene como compañero al miedo. Te apoyas en ella para enmascarar la debilidad, para evitar que el vértigo te precipite al vacío".

Sus palabras resuenan en mis oídos como un grito en una cueva. Y al ver una expresión de pánico en mis ojos dice suavemente " no es mía la reflexión, son tus pensamientos que los iba desprendiendo el viento y los ha arrastrado hacia aquí".





lunes, 21 de mayo de 2012

Bálsamo de lluvia


Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, dejemos que caiga de manera lenta pero constante, iluminada por los faros de un coche en la madrugada, silenciosa tras el parabrisas, pues queda muda al resbalar por el frío metal sin a penas desgastar la pintura, sin a penas rozar tus labios cuando asomas la cabeza por la ventanilla y sientes en la frente algo parecido al llanto que se desliza por las mejillas cuando brota sin llamarlo.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que lama pausadamente las heridas y borre las huellas horadadas por un fracaso que te mira desafiante y te hiere, pero que te acompaña húmedo y callado asemejándose a la brisa cuando te azota la cara al asomarte al acantilado.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que se fusione con la tierra para convertirse en barro en una unión perfecta, como la de los cuerpos de dos amantes que se devoran bajo el sol abrasador una tarde de verano. Barro oscuro como la noche, barro taciturno como la soledad, barro aceitoso como la semilla de una media verdad que lucha por sobresalir en un mar de cenizas que la sepultan cada día, que la atrincheran en el fondo azabache de la conciencia, que la revisten de mentiras aprendidas y repetidas sin descanso hasta que logran confundir su naturaleza, hasta que consiguen desvirtuar su encanto.

Dejemos que la lluvia haga su trabajo despacio, que se erija en fina cortina que oculte el camino exacto, ese que todos buscamos para no encontrar jamás, para desviarnos por mil y un afluentes de un río turbulento y macabro. Para sumergirnos en los sinsabores de las baldosas de cerámica que te muestran el umbral de la mansedumbre, de la cálida y amarga seguridad.

jueves, 12 de abril de 2012

Bendita frivolidad


No hay mejor antídoto para pensamientos y sentimientos peligrosamente intensos, que una buena dosis de frivolidad. Eso pensó la joven Helena después de enjuagarse las lágrimas en un desgastado pañuelo de papel, y no se equivocaba, no.

Acababa de sonar por enésima vez “Canto, el mismo dolor” de su querido Enrique Bunbury y se estaba mascando en el ambiente un cortocircuito de tanto dar al replay con esos finos, largos y pálidos dedos, ahora cubiertos de agua salada.
Además hacía un día precioso para desperdiciarlo quedándose encerrada en casa, languideciendo tumbada en la cama, aferrada a un cojín y escuchando tristes melodías sumida en una borrachera de compasión y brindis al sol.

Después de la tormenta, del portazo y de la promesa de no regresar jamás, se desató el animal herido, momentos antes encarcelado a causa del orgullo y las dañinas palabras. Pero esta vez, Helena no se abandonó a las bajas pasiones de la depresión. Por su mente inquieta desfilaban los destellos de otras, de muy distintas bajas pasiones, más oscuras, que la seducían con tan sólo imaginarlas.

No señor. Esta vez no lo iba a permitir, así que lo primero era crear un ambiente propicio.

Se levantó muy resuelta del sofá, casi de un respingo como si se le hubiera clavado un alfiler. Un gesto muy habitual, propio de su carácter nervioso e impulsivo que la llevaba del éxtasis al abandono en tan sólo unas décimas de segundo. Se dirigió hacia su vieja colección de discos y eligió un recopilatorio de éxitos de baile de los setenta. “Música de Disco”, aparecía en la portada del CD, en letras rosa fucsia, debajo de una gran bola plateada y destellante que podía pender del techo de cualquier discoteca sacada de una película de los inicios de John Travolta.

Realmente el disco no era suyo sino de su hermano mayor, pero en la mudanza siempre se traspapelan cosas. Será cosas de Meigas, pensaba mientras sonaba Ring My Bell de Anita Ward y sus pies se movían rápidos y alegres por el salón. “Last dance, last dance” surgía de la voz de una inolvidable Donna Summer mientras el ritmo se apoderaba irrefrenablemente de su cuerpo y no podía dejar de bailar, en una especie de danza frenética en la que le acompañaba un desgarbado peluche. Era una escena peculiar, entre infantil y grotesca pero cumplía a la perfección su objetivo desinhibidor.
Tras los primeros instantes de subidón que la habían sumido en un tribal trance, fue desplazándose rítmicamente sin dejar de bailar hasta la habitación. “...Love is in the air...everywhere I look around...”, es curioso, esa música siempre le había gustado más que la que ponían en la discoteca en los noventa, cuando era una quinceañera a la que le encantaba bailar... y algo conservaba de ella sí...

-Vamos a ver, Sergio, Yolanda, y los demás estarán dónde siempre, no creo que tenga que llamar si quiera... “I'm crazy like a fool. What about it Daddy Cool?” --coreaba junto a Boney M. -Eso sí, se van a quedar alucinados cuando me vean aparecer por la puerta del bar, siempre les digo que este fin de semana no puedo, que tengo lío en casa... excusas para no cambiar la rutina, para no dejar que nada interfiera ni perturbe la tan buscada estabilidad.

Pero hoy algo había cambiado.

Para abandonarse a la frivolidad, se encontraba en la ciudad perfecta. Además en estos tiempos estaba muy de moda salir un domingo a la una de la tarde como si fuera sábado noche. Maqueada y dispuesta a quemar el asfalto, todo un contraste con el sol del medio día, las familias paseando divertidas con los niños (casi todas sus amigas y amigos estaban en este bando) y los abuelos yendo a comprar el pan. Pero Madrid es así, una ciudad llena de contrastes.

Fue una tarde divertida. Llena de risas, bailes y charlas sin importancia o llenas de ella, según se mire. Pero al día siguiente había que madrugar y el ambiente empezó a decaer no mucho más tarde de que se pusiera el sol. Casi mejor así, se auto convenció la impaciente e insaciable Helena mientras se dirigía a una casa incierta, en la que no sabía si la recibiría alguien más a parte de su desgarbado y requete sobado monstruo de peluche.

Subió las escaleras deprisa, de dos en dos, no impulsada por el frío de la calle sino por la curiosidad mezclada con incertidumbre e ilusión. Abrió la puerta bruscamente. Todo estaba en calma, oscuro y frío. Mientras avanzaba por el pasillo fue encendiendo una a una las luces a la vez que algo se apagaba en ella, muy dentro, muy profundo.

Se dirigió hacia la ventana. Descorrió la cortina lentamente y se sobresaltó al mirar tras ella y verse reflejada en el cristal. El más absoluto y aterrador pánico se apoderó de Helena.

Del susto, tropezó con la cortina y se precipitó hacia atrás. De no ser por la cadena musical se hubiera dado un buen trompazo, pero su mano amortiguó el golpe a la vez que presionó el botón del play. “Fly, Robin Fly”... repetían sin cesar.... volar sí eso es... pensó Helena... y lo haría, volaría, partiría de esa ciudad... no cabía duda, ¡Bendita frivolidad!