Cuando la mirada se vuelve indiferente y el paso al caminar
se atenúa tanto que parece detenerse, ya
no queda ni un mísero refugio para el alma.
Es como si el frío se hubiera apoderado de uno de repente. Igual
que un mineral, el corazón resulta tan plano, brillante y resbaladizo que la
hermosura para la vista se convierte en desdeñosa para el tacto por
inabarcable, por escurridiza.
Cual útero infértil las nuevas experiencias del día a día no
consiguen arraigar, ni siquiera dejan una tímida huella de su paso fugaz, pues
las paredes extremadamente suaves impiden cálidamente su apego.
Te has convertido en una amable máquina de repeler todo lo
que se acerque a tu persona en un rechazo inconsciente pero tremendamente
firme.
¿Dónde queda aquella pasión desmedida e inconsciente? ¿Dónde
se ha escondido esa sensibilidad extrema, llama inflamable de los más suicidas
sentimientos, motores chillones de la existencia? ¿Cómo esa burbuja
impenetrable ha logrado abrirse camino y rodear asfixiantemente a la auténtica
emoción? Si nada es capaz de conmover, nada es el asesino más despiadado al que
se le ha podido abrir la puerta.
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